La mataron.



De cuerpo imberbe cegado por una ola de rayos, de
curvas rectas y cantos, de esbeltas piernas y encantos
adorados. De ojos negros apagados por los desencantos
románticos mundanos, por cada hombres que ha amado;
de piel que gime soñando y olvidando que ha plegado.

Brilla el cristal en sus labios, afila el rostro al tocarlo
y frunce el ceño en mil pedazos. Piensa al azul de su
cuarto y ve orando al sudario de sus santos; la sé
rogando. Y tinta en sangre se va pura a un mundo
anárquico; y en dirección del cadalso la veo orando.

La mataron, por querer tanto; la mataron…

¡La mataron; la mataron por querer tentarlo!

Sobre su cuerpo plateado se quema en prendas el
pasado meditándolo, la pena ardiente, el quebranto,
lo mal dicho y lo no osado. Su blanca carne al probarla
advierte el fino pecado; y por el suelo ya acostados,
nos desmoronamos amándonos desnudos y descalzos.

Pero sus besos son ácidos, valga la rima y el tango; flor
de vagina nadando, nata blanca sabor mango madurado.   

Agota tinta y ya oronda parte a su viaje olvidándonos,
la dejo escapar un rato y en versos la sigo amando, me
toca y toco la gloria como pluma en camposanto. Y
siento su espíritu bogando atolondrado, sobre la corola
de mi góndola, rio abajo. Apresado en mil orgasmos…

Y navegamos rio arriba y en cuestas altas nos calamos,
los ojos cerrados y pegándonos. Y la predije amapola,
pues me endrogó vuelta loca con su boca temblorosa
de tierna tórtola de campo. Y volvió al suelo ya loca, a
sofocarse entre mis brazo, sobre las piedras y gajos.

Pero no pudo acabarlos, pues al sol clamó llorando; y
repitió me mataron, por haber querido tanto…

La mataron, la mataron por haber tentado al diablo.

Y yo he pagado la adicción, no la victoria, pues su roto
corazón de dama sobria, se ha encerrado en un panal
de abejas sordas; y se ha dejado a cuenta gotas morir
sola. La mataron, la mataron con calibre de arma corta;
y luego le explotaron bombas, calumniosas y piadosas.

Y hoy su alma por mi limbo vaga a solas; y el recuerdo
de su efecto me enamora la memoria y las retoricas.

La mataron, la mataron por sus fuegos fatuos y por
fiarse de las hordas prehistóricas que caen a besos
tallados. Que clavan puñal y dardos por la espalda y
por el flanco; y ahora su pecho al besarlo, sabe a rayo
ensangrentado que se arruina hasta el cadalso.  

Y yo cierro un poemario no editado; sin firmarlo.

¡Y lloro pues la mataron; y vino a morir a mis brazos!  

Picture and Model by Erika Cordova – La Clandestina

Comentarios

Entradas populares