La parisina.
Cuerpo de verde vestido, de piel
cubierto por dentro,
de fino hilo tejido, de seda y yema de
dedos que lo
tocan con aprecio y amor bueno. Tranparente
su
esqueleto le da filo a mi ojo clínico,
habla de dos sin
acentos, se sienta y comienza el rito. Y
me inspira
versos nuevos, que frente al Sena recito
enmudecido.
Fundido en ella el recuerdo, colmándola con
mis
cuentos místicos, haciendo guiños de
cuello frente a
su rostro divino. Desnudándola me veo
cuando
pienso a sus labios bellos, vueltos
besos con misterio,
de los robados mordiendo. Disimulo y
armo el juego,
le digo esto y aquello, niego, acepto y
me apodero.
Me vuelvo ramo, florero y amuleto. Me
vuelo y me
envicio en rezos de enmaromarle el
cerebro y tenerla
si es que puedo. Me voy con ella al
sendero que llega
hasta el Monte Gélido; tierno destino
que tenemos. Y
en gelatina de versos me esparzo en
verbos eclécticos,
todos dicen yo te quiero, todos ruegan ver
su Venus.
Su voz melódica advierto cuando me
acerca su
espíritu a luz de dicha y oídos, sus
pierna cerca del
fuego; y yo sabiendo que tiemblo, ardo
en clamores
oníricos. Me da su mano y la tengo, sale
corriendo
al reflejo, la vuelco a mí y la retiro el
espejo frente
al pecho; la siento cerca del leño donde
quemo…
Deseo verla sonriendo y no en recuerdos,
inventarle
otros momentos y otros juegos. Desvivirla,
acalorarla,
darle crédito; adorarla, enamorarla y
hervir luego. Y en
su lecho poner huevos, rosas, queso;
sobre su pecho
de ensueños que alimento. La deseo
cuando suelta sus
cabellos, sus largos cabellos célicos y homéricos
toreros.
Sus lacios cabellos sueltos ondean a
viento frenético
sobre la rampa del rio. Dorados como un
premio
olímpico a la virtud del espíritu deportivo
y al buen
gesto que dedico, su espectro me vuelve
rico y ante
su adiós me empobrezco y pongo viejo. Sus
ojos son
dos colirios que me consuelan lo dicho
con un beso.
¡Y le repito un yo te quiero!
Paris predice lo eterno lleno de piedras
y mitos; no
me resigno a creerlo, porque mis versos no
han muerto.
La parisina es el símbolo que esta
ciudad me ha cedido
para confirmar que existo aunque esté lejos,
me ha
susurrado al oído y convertido en hombre
creso, he
recitado despierto frente a un Sena a
cielo abierto y
florecido. Pidiendo tener sus besos para
darle los que
quiero, lleno de amor infinito y duradero…
¡Porque les juro que es serio, quiero
vivirla al dedillo!
En mil momentos idílicos por otros
pueblos distintos;
la parisina es un florero ornado de Milsueños
míticos,
de un lirico embeleso ebrio. La parisina
es un reto
que no se gana perdiendo el tiempo, solo
con versos
bohemios llenos de besos sinceros sobre
su cuerpo
de ensueño; se encuentra el buen
argumento…
Y a puro dedos y cerebro, fiel a mi estilo
poético.
Picture by Ariel Arias.
Web du photografe: http://500px.com/ariasphotos

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